... De la palabra a la Palabra

Día 127

DEVOCIONAL LEVITICO

Preparándonos para el encuentro

Plan de lectura: Lucas 20:1-26

 

Versículo clave:

Todo el que cayere sobre aquella piedra, será quebrantado; más sobre quien ella cayere, le desmenuzará. Lucas 20:18

 

Llegaron profetas y hombres de Dios a anunciar lo que Él quería para nosotros, estuvieron presentes en todo el Antiguo Testamento, y si no leemos con detenimiento, podemos caer en el mismo error de la parábola: No escucharlos e indignarnos cuando el hijo del dueño de la viña se presente, porque esto ha
sucedido y fue narrado en los evangelios.

Desde lo más profundo de lo que tenemos, que nos sentamos todos los domingos a escuchar el mensaje que un predicador tiene para nosotros y cerramos los oídos porque “no es un mensaje para mí”, estamos negándonos al hecho de que Dios hable a nuestras vidas.

¿Encerrarnos en nuestro capricho dará pie a que Dios pueda obrar libremente en nosotros?

El negar una palabra de Dios por un capricho nos convierte en esos hombres encaprichados por la viña, en personas que cuestionan y minimizan la soberanía de Jesús.

¿En serio podemos llegar a creer que Dios permitiría que un mensaje no sea para nosotros si ya permitió que estemos ahí escuchando?

Quizás la situación del momento, en nuestro tiempo, no tenga una respuesta de ese mensaje, pero recordemos que Dios va más allá del tiempo, ese mensaje puede ir para proyectar a una situación futura o para aconsejar con la sabia Palabra de Dios a algún otro que esté pasando por esa situación.

Prestar nuestros oídos a Dios es lo menos que podemos hacer si es que queremos consejo del Padre, no podemos encapricharnos y pensar en nuestro egoísmo humano y encerrarnos a no escuchar nada de esa Palabra.

Un consejo o reprensión de nuestro Padre siempre será importante, y si prestamos la necesaria atención, ese mensaje puede calar en lo más profundo de nosotros, más de lo que hubiéramos imaginado y poder ser sabios en el futuro; no tenemos que aprender de cabeza ajena, tenemos que enfocar nuestra vida y
nuestra atención al Señor mismo, que es el que lo merece y lo merecerá siempre.

¿Podremos este domingo prestar oídos, no al predicador que está en frente, sino a Dios que ha puesto sus palabras en Él?

¿Podremos reflexionar en los versículos de hoy y aplicarlo en nuestro diario vivir para estar atentos a la Palabra del Señor?

Porque el Señor ha mandado a las personas adecuadas para mostrarnos su enseñanza, y su sabiduría, a través de ellos podemos crecer espiritualmente.

¿Debemos apedrearlos hasta la muerte sólo porque no nos parece “razonable”?

¿Qué tan “razonable” debe de ser Dios con nosotros?

Porque si habla mediante todo lo que Él escoja que deba hablar en su nombre,

¿quiénes somos para tener que esperar a que alguien se levante de los muertos a hablarnos?

¿O es que ya llegó y seguimos encaprichados?

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