Fe salvadora, fe que produce obediencia

DEVOCIONAL LEVITICO
“Preparándonos para el encuentro”
Plan de lectura: Juan 2

 

Versículo clave “Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos”. Juan 2:24

 

Para este momento de la vida de Jesús, sus milagros ya no eran un secreto, pues en la fiesta de Pascua muchos presenciaron sus maravillas e incluso creyeron, pero ¿qué clase de fe tenían? La pregunta surge por lo que leemos en nuestro versículo clave.

Antes de responderla, vamos a hacer hincapié en la segunda parte del versículo. La frase “porque conocía a todos” refleja la Omnisciencia de Cristo y confirma Su deidad. Puesto que Jesús es Dios sabe todo de sí mismo, de todas las cosas posibles y reales y de todas las criaturas del pasado, presente y futuro; conoce al ser humano, sus intenciones y las disposiciones de su corazón, absolutamente nada de él escapa de Su conocimiento. Por esta razón conocía la fe de quienes presenciaron sus señales sin la necesidad de que alguien le diera testimonio de ellos.

Ahora bien, la fe que profesaron no fue aprobada por Cristo debido a que no era verdadera. Aunque parezca sorprendente no todo lo que parece fe es realmente fe, ¿cómo es esto posible? En el caso de los de Jerusalén tan solo fueron impresionados por los milagros de Jesús. A ellos les resultó natural involucrar a Dios en la manifestación de los prodigios ya que nadie más los haría si Dios no estuviera con él (Juan 3:2), de manera que creyeron; sin embargo, esto significó que vieron las señales pero no vieron a Jesús como lo que realmente es: El Unigénito de Dios que venía para salvar al mundo.

Más adelante, se describe la actitud de Nicodemo que nos arroja luz sobre la fe no salvadora de estas personas. Al igual que ellos, Nicodemo presenció las obras de Cristo y sabía que de Dios venía Su poder empero tampoco lo había visto como el Cristo, Aquel que había de venir, por eso se le fue dicho que necesitaba nacer de nuevo para ver y entrar en el reino de los cielos (Juan 3: 1-5). Es decir, Nicodemo tampoco tenía una fe verdadera o salvadora, aquella genuina que produce arrepentimiento.

La fe que no está puesta en la persona de Cristo es una fe efímera que desaparece tan pronto como terminan las señales, llega la aflicción o abunda la riqueza (Mateo 13:18-23) de modo que no es capaz de producir obediencia.

En la actualidad, y lo digo con tristeza, la fe de muchos no es verdadera. En primer lugar porque es resultado de seguir las señales de falsos Cristos y falsos profetas (Mateo 24:24). Ellos van, buscan y siguen lo espectacular que sus ojos perciben y los beneficios terrenales que obtienen pero no pueden ver ni conocer la gloria de Cristo; sus vidas lo evidencian porque siquiera pueden producir frutos dignos de arrepentimiento. En segundo lugar porque, pese a que nos mantengamos al margen de los falsos profetas y sus señales, creemos en Cristo solo por las bendiciones que en esta vida nos da, pero no por lo más importante que ha hecho y hace por nosotros: redimirnos de nuestros pecados y reconciliarnos con Dios.

La pregunta de hoy es: ¿Qué clase de fe tienes tú? ¿Aquella que resulta de ver lo bueno que nuestro corazón egoísta desea o aquella que viene por ver a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador? Debido a que nuestro corazón es engañoso no seamos prontos para responder con nuestros propios argumentos, mejor examinemos nuestra fe con la Palabra, con ayuda del Espíritu Santo, y que sea ella la que responda (2 Corintios 13:5). Si somos verdaderos creyentes, la gloria sea a Dios; y si por nuestros hechos descubrimos que no lo somos también gloria a Dios porque aún tenemos tiempo de correr al trono de gracia y rogar a Dios por esa fe verdadera que solo Él puede otorgar.

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