NO CONFÍES EN TUS CAPACIDADES Y ORA

DEVOCIONAL LEVITICO
“Preparándonos para el encuentro”
Plan de lectura: Lucas 22:24-46
Versículo clave:
 Él le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte. Lucas 22:33

Después de que el Señor Jesús advirtiera a Pedro sobre los planes del enemigo para atacarlos y desanimarlos en la fe, y de fortalecerle tras decirle que había estado rogando por su vida para que su fe no fallara, Pedro, con voz jactanciosa, profirió las palabras arriba citadas.

A Cristo y a los discípulos presentes no les sorprendió tal actitud pues en repetidas ocasiones Pedro se mostró atrevido, impulsivo y temerario. Fue él quien sin titubear desenvainó su espada e hirió en la oreja derecha al siervo del sumo sacerdote, interviniendo inmediatamente Jesús para decirle que metiera su espada (Juan 18:10-11). Fue él quien trató de reconvenir al Señor por hablar de Su muerte, por lo que fue reprendido (Mateo 16:22-23). Fue él quien dejó la barca para caminar sobre las aguas hacia Cristo, pero quitando sus ojos de Él tuvo miedo y comenzó a hundirse, así que fue motivado a no dudar (Mateo 14:28-31). Fue él quien emitió las palabras de nuestro texto clave, pero más tarde negó al Señor tres veces cumpliéndose lo que Él le había dicho (Lucas 22:54-62).

La temeridad con que Pedro afirmó sus palabras reflejó confianza en sí mismo, en lo que podría hacer por su propia decisión y fuerza, más que atención y diligencia en la advertencia del Señor Jesús, la cual incitaba a mantenerse alerta en oración, es decir, en dependencia de Dios.

Pudiera parecer una actitud valerosa bien intencionada por cuanto Cristo es digno de nuestros sufrimientos; sin embargo, debido los hechos antes mencionados sobre la vida de Pedro y a la constante discusión entre los discípulos sobre quién de ellos era el mayor, además de evidenciar confianza en lo que podría llegar a hacer por sí mismo, se sugiere que buscaba sobresalir con sus palabras.

La realidad de Pedro no está lejos de la nuestra. Por un lado, solemos descuidar y olvidar las advertencias del Señor, como la que nos hace en Mateo 26:41: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”, por mencionar alguna. En este pasaje Cristo nos manda a velar en oración para no ceder a las tentaciones y pecar contra Dios, pero no somos diligentes en hacerlo, preferimos vivir en la autosuficiencia cuando la verdad es que sin Dios nada podemos hacer (Juan 15:5). Por otro lado, la ligereza de nuestras palabras mezclada con una jactanciosa confianza en nosotros mismos puede llevarnos a pecar contra Dios y a no ser ejemplo ni de edificación para nuestros hermanos que nos escuchan. En un momento, sobrecogidos por nuestras emociones y sentimientos, podemos llegar a formular y exclamar promesas y planes al Señor o a los demás, asuntos que minutos más tarde ni recordamos para cumplir (Eclesiastés 5:5-7). ¿Te resulta familiar las frases “Por el Señor, estoy dispuesto a todo, como alejarme de este pecado”, “Prometo ya no ser perezoso en la oración, a partir de hoy oraré dos horas diarias”, “A partir de mañana oraré en la madrugada”?

¿Por qué osamos en decirlas cuando ni siquiera podemos negarnos a nosotros mismos en nuestros deseos más triviales, cuando sabemos que no podemos orar de manera continua ni por 15 minutos, cuando solo bostezamos durante la predicación de los domingos? Si bien nuestras palabras pueden estar llenas de buenas intenciones, nuestros deseos no deben considerarse, emitirse o intentarse aparte de Dios.

Como hijos amados de Dios, dependamos de Su gracia en todo tiempo, en el querer como en el hacer, y solo así seremos mantenidos por el poder de Su fuerza. Aun cuando tu vida espiritual u otras áreas estén siendo prosperadas, no debes dejar de depender del Señor ni por un segundo.

Reflexiona en las siguientes palabras del comentarista Matthew Henry:

“Nada precede con mayor certeza a la caída de un seguidor confeso de Cristo que la confianza en sí mismo, con desconsideración por las advertencias y desprecio del peligro. A menos que velemos y oremos siempre podemos ser arrastrados en el curso del día a aquellos pecados contra los cuales estábamos más decididos en la mañana. Si los creyentes fueran dejados a sí mismos, caerían, pero son mantenidos por el poder de Dios, y la oración de Cristo”.

Dios nos ayude a depender de Él a través de la oración y de Su palabra. Que sea Su gracia, porque no será nuestra fuerza, la que nos permita cumplir con lo que nos demanda para Su gloria. 

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